miércoles, 9 de enero de 2013

EL PERFUME DEL CARNICERO

                                                                           
                                                                           




II.

Aquel día el carnicero olía peor que nunca, su perfume antes embriagador había dejado paso a un hedor insoportable para cualquier ser humano, el olor de la maldad.
Cuando cometía alguna de sus fechorías su piel desprendía un hedor insoportable esa era la señal que le llegaba a sus víctimas, de que había cometido un nuevo pecado.
Mientras tanto su víctima principal el objeto de toda su maldad, se marchitaba con el tiempo.
Consiguió que el Alcalde la despreciara, consiguió que le echaran del trabajo a pesar de que todas las pruebas apuntaban en su contra, este era amigo de la máxima autoridad del pueblo, juntos en la cantina se burlaban de todo y de todos, el regidor se reía de todo el mundo,  hacía y deshacía a voluntad, sin mirar atrás. Destruyendo todo a su paso y al igual que el carnicero dejando un rastro putrefacto.
El resto de personas que estaban junto a la víctima, huyeron pues aunque es verdad que necesitaban el dinero, era imposible vivir y trabajar cerca de un ser humano tan ponzoñoso.
Pronto el carnicero se dio cuenta que estaba sólo, que ya no había a su alrededor nadie a quién destruir. Por lo que comenzó a destruir a la gente que antaño le habían ayudado.
Eliminó con malas artes al Alcalde, le agasajó llenado el pueblo de pintadas en su contra, después destruyó a su familia, haciéndoles desgraciados. Finalmente asesinó, este era el pecado que todos aquellos le permitieron cometer.
Se lo permitieron las autoridades, por secundarles y reírles sus maldades, se lo permitió aquel párroco por absolver sus pecados, se lo permitieron su victimas por huir de él sin luchar. Lo más grave se lo permitió su familia por acoger y esconder a un criminal.

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