miércoles, 24 de septiembre de 2008

Cuarentena


Lo peor que llevo de todo esto es ponerle nombre a las cosas. A veces me resulta imposible dar nombre a un hecho que para mí es importante. ¿Qué nombre le pones a la muerte? ¿Cómo denominas al sufrimiento?
Llevamos tres semanas en cuarentena, ha muerto más de la mitad de la población de esta aldea perdida en mitad del Congo africano, los compañeros médicos están falleciendo y nadie sabe cuál, es la causa de esta epidemia que está dejando sin recursos a la misión y sin fuerza a los profesionales que luchamos contra ella.
Los cooperantes que aquí nos encontramos estamos comprometidos con la causa, no pensamos huir y dejar aquí a tanta gente que nos necesita. Lo irónico de todo esto es que, por si acaso no lo teníamos claro, el cardenal responsable de la misión nos ha enviado una notificación para indicarnos, muy educadamente, que no podemos marcharnos pues nosotros también estamos en cuarentena. Todo parece indicar que el detonante fue la actitud peligrosa y cobarde de un compañero de Recursos y Suministros que pidió regresar, al ver cómo aumentaba el índice de peligrosidad de la epidemia. No importa, como responsable de este proyecto sé que no debo tomarlo en cuenta y, por supuesto, no debo ni quiero cambiar de actitud con don Eusebio, ya que mi labor es colaborar salvando vidas, no resolviendo rencillas. Además de que, en estos momentos, el miedo es compañero innegable de todos nosotros.
La principal razón de escribir estas líneas es el miedo a no sobrevivir y, por tanto, que no haya nadie de los que estamos viviendo este infierno que pueda informar de lo que aquí acontece. Todo empezó con síntomas comunes que nos llevaban al mismo sitio: cólera.
Qué, equivocados estábamos: no era esto. Al intentar tratarlo como tal, lo que hicimos fue empeorar la situación, qué digo: se desencadenó lo que ahora es una catástrofe con muchos más síntomas como, por ejemplo, las costras de las que no deja de manar ese pus que al principio no podía soportar y que ahora sobrellevo como puedo. Después, esas heridas pueden seguir dos caminos: uno, secarse; entonces el enfermo comienza a mejorar, los síntomas desaparecen poco a poco y a los cinco días se encuentra casi totalmente restablecido. En ocasiones, trascurrido un tiempo, la persona vuelve a enfermar y esta vez nunca se recupera (esto nos ha sucedido solamente en tres ocasiones). No podemos saber la causa este suceso, pues es imposible investigar a fondo y como sólo ha ocurrido en estos casos aislados, preferimos creer que no es significativo.

En la segunda forma de presentarse (ocurre la mayoría de las veces) las costras van consumiendo a la persona: el dolor es insoportable, las fiebres, los delirios, las alucinaciones ¡Dios mío ayúdanos! Hoy es 30 de mayo y me encuentro al límite de mis fuerzas. Si finalmente mi desenlace es el esperado, deseo que este documento pueda servir para esclarecer los trágicos hechos que acabaron con nuestra misión en esta aldea del Congo que cuando comenzamos el proyecto contaba con 500 personas. Ahora, es difícil saber cuántos somos.

Anoche estaba en mi cama mirando hacia el pequeño tragaluz de la cabaña: se podía contemplar el cielo cubierto de un manto memorable de estrellas, la luna poderosa reinaba en el centro de todas ellas. Por primera vez en todo este tiempo sentí paz, y comprendí el alcance de este terror. Ante la posibilidad de perecer junto a todo mi equipo, desperté con la certeza de que debía escribir este documento.

Mi nombre es Alicia Escribano, soy responsable del proyecto humanitario que se realiza en el Congo africano para luchar contra enfermedades infecciosas, en estas regiones del continente africano que no disponen de medios para sobrevivir a estos males que asolan nuestras sociedades modernas.

Espero que, con este documento, los investigadores puedan hallar una forma de paliar esta epidemia. Suplico ayuda y toda la cooperación necesaria para salvar a esta gente.

Alicia Escribano
30 de mayo de 1908

1 comentario:

luis623623 dijo...

un siglo después el mensaje parece escrito ayer...

hay tantos misterios y males que desentrañar...

¡suerte...!