sábado, 9 de agosto de 2008

¡Orden en la sala! ¡Orden en la sala!


- ¡Orden en la sala! ¡Orden en la sala!

Exigía el juez, mientras golpeaba su pequeño martillo; y es que el revuelo era grande entre el público, reporteros y familiares de las víctimas todo esto causado por la presentación de aquellos tres asesinos confesos para escuchar sus sentencias.

- ¡Si no guardan silencio! Me veré en la penosa necesidad de solicitar el desalojo del recinto.

Al decir esto, todos los allí reunidos comenzaron a callarse; Fuertemente custodiados por los alguaciles de la corte los homicidas fueron tomando asiento frente al juzgador, encadenados de pies y manos, con sus uniformes del presidio de franjas blancas y negras.

- En esta audiencia se les dictará la sentencia correspondiente por haber sido encontrados culpables de la violación tortura y asesinato de dos inocentes jovencitas de esta comunidad. . .! Silencio en la sala! . . . ¡Silencio en la sala!

El alboroto se volvía a encender, con tan sólo mencionar los actos repugnantes de vejación cometidos en perjuicio de aquellas pobres niñas. Mientras tanto “Los Tres” sólo guardaban silencio; el primero de ellos con el rostro entumecido por la culpa y la vergüenza; el segundo totalmente abstraído de su realidad y del entorno, ignorante de la situación, reía calladamente con todo el mundo, mientras se rascaba hasta sangrar, los nudillos opuestos a su mano derecha clara muestra de una compulsión y obsesividad severas; el tercero “El cabecilla del grupo” con una ligera sonrisa en el rostro y mirada fuerte, observaba a cada uno de los congregados en aquel salón.

- ¡Fulgencio Ybarra! ¡De pie Para escuchar al ministro!

Dijo el actuario desde su mesa ubicada al lado izquierdo del estrado, el primero de los acusados con la cabeza agachada espero el discurso del juez.

- Señor Fulgencio Ybarra, le aseguró que en los treinta y pico de años que llevo trabajando en esta sala, jamás había presenciado un caso con un grado de crueldad y salvajismo como éste. . . No puedo concebir como es que usted “Sr. Fulgencio” fue partícipe de los hechos perpetrados en contra de las menores, Claretta Smith de dieciséis años y Sarah Lovell de tan sólo catorce. Ya que no les basto con atacarlas sexualmente por más de dos horas, también decidieron ustedes, privarles de la vida mediante la estrangulación, usando para ello un cinturón y cordones del calzado de las víctimas; quedarán para historia aquellas palabras proferidas por usted, y registradas en las declaraciones de sus compañeros, en referencia a la noche calida de verano, en la que cometieron los horrendos asesinatos y que cito textualmente a continuación. . . “Estas Putas no se Mueren”. . . “Estas Putas no se Mueren”. . . Pues bien Sr. Ybarra he decidido sentenciarlo a la pena máxima, la pena de muerte, la cual tendrá que ser cumplida por las autoridades penitenciarias en un plazo no mayor a 30 días, Sr. Actuario ordenó que se giren instrucciones para ello. . . ¡Orden en la sala! ¡Orden en la sala! . . . ¿Existe algo que quiera declarar antes de retirarse?

El júbilo en la corte como resultado de la primera sentencia no se dejó esperar, gritos y aplausos colmaron el lugar. Rápidamente volvió el silencio para escuchar al condenado, que dirigiéndose hacia los familiares de las víctimas dijo:

- Lamento que mis actos les causaran dolor. Espero que esto les dé el final que buscaban. Les suplico que nunca más alberguen odio en sus corazones. . .

Al término de su alocución los alguaciles lo retiraron de la audiencia en medio de vítores y aplausos en virtud de la severa resolución dada por el juez. Continuando con el protocolo de la corte, el actuario dijo en voz alta.

- ¡Rafael Franco! ¡De pie Para escuchar al ministro!

Levantose del banquillo, aquel incapacitado mental que a la vista de todos escurría abundante baba de su boca, sonreía y sonreía a toda la audiencia el muy tardado, lo cual ocasionaba la furia de los allí presentes.

-- ¡Sr. Rafael Franco! No tengo mucho que agregar con usted. . “Clemencia” le imploraba la Señorita Sarah Lovell al ver cómo destrozaba una y otra vez el rostro de su amiga la también Señorita, Claretta Smith con una piedra de más de 15 kg encontrada en la escena del crimen y presentada como prueba en el pasado juicio. . . Sus acciones no pueden ser pasadas por alto, con, sin, o a pesar de su incapacidad mental. . . Lo sentencio a la pena capital, la pena de muerte, la cual tendrá que ser cumplida por las autoridades penitenciarias en un plazo no mayor a 30 días. . . ¡Sr. Actuario! . . . ¡Orden en la Corte! ¡Orden en la Corte! . . Sr. Actuario ordenó que se giren instrucciones para ello. . . ¡Orden en la Corte! ¡Orden en la Corte! . . . ¿Existe algo que quiera? . . . ¿Existe algo que quiera?. . .! Basta ya llévense de aquí a este imbécil!

Nuevamente estallaba en gritos de alegría aquella turba concentrada en la audiencia penal pública. Los periodistas no dejaban ni un segundo de tomar nota de todo ello para así, plasmarlo en sus artículos y reportajes de tono sensacionalista. Flashes y más flashes deslumbrantes fueron disparados por las cámaras de los reporteros gráficos, para registrar los últimos momentos del condenado en aquella sala, que, saludando a todo el mundo y enviando besos por doquier, desapareció tras las puertas de los sentenciados. Así fue como el actuario dio paso al nombramiento del último criminal en la sala.

- ¡Porfirio Cárdenas! ¡De pie Para escuchar al ministro!

Este se levanto con postura altanera y desafiante frente al juez, a los funcionarios y a la muchedumbre, lo que ocasionó un silencio casi inmediato dentro de la corte.

.-- Sr. Porfirio Cárdenas. Fue usted a quién la Señorita Claretta Smith en reiteradas ocasiones le suplico por la vida de ambas, accediendo más de una vez a continuar siendo violada por ustedes a cambio de su libertad. . . ¡Usted las engañaría Sr. Cárdenas! . . ! Usted Señor! simple y sencillamente fue quebrantando la decencia, la voluntad y la dignidad de dos seres humanos, de dos jovencitas. . . Les exigió que cooperasen hasta el final de su existencia, con la esperanza de sobrevivir. . .Y a cambio solo les dio una descomunal tortura y una horrible y deshonrosa muerte. . . Lo sentenciare a la pena capital, la cual tendrá que ser cumplida por las autoridades penitenciarias en un plazo no mayor a 30 días, Sr. Actuario, ordenó que se giren instrucciones para ello. . . ¿Existe algo que desee declarar antes de retirarse?

A diferencia de lo sucedido con los otros acusados, hubo una calma expectante en la sala, esperando escuchar las palabras del cabecilla, quien comenzaría a hacerlo con una grotesca sonrisa.

- ¡Oooh qué miedo! ¡Qué miedo me dan, maldita bola de imbéciles! . . ¿Acaso creen que la muerte es un castigo? ¿Es todo lo que tienen? ¡Eh! . .Yo les infrinjo dolor, angustia, sufrimiento y ¿Ustedes me dan a cambio, la muerte? ¡Malditos maricas!. . . A los Padres de las chicas les digo. . . ¡Fue todo un placer follarmelas! Y el éxtasis que me provocó torturarlas jamás lo olvidaré. . . Pobres infelices !Conque me van a matar eh! Bueno sólo agregare esto, con dedicatoria al juez y los progenitores de estas dos lindas florecillas. . ! Estoy listo para partir al más allá cabrones! . ¡Y así, seguírmelas fallando por toda la eternidad! . ¡Qué esperan! ¡Mátenme ya! ¡Tiren de una vez del gatillo! Que me las quiero joder cuanto antes. Ja ja ja.

Los llantos de las madres se escucharon unos segundos antes de que irrumpiera la muchedumbre en gritos y abucheos. El juez Visiblemente consternado y totalmente intimidado por aquel psicópata, ordeno con señas y golpes de martillo a los alguaciles, que retiraran del recinto al criminal; este en actitud triunfalista se despedía de la multitud escupiendo y profiriendo maldiciones. . . Hasta que su mirada accidentalmente se encontró con un hombre de raza negra, vestido con un fino traje blanco, que desde el segundo nivel de la corte lo miraba de manera fija y penetrante. Inmediatamente el convicto dejo su postura prepotente y abusiva, agacho la cabeza y dócilmente permitió ser llevado hasta las celdas.

1 comentario:

luis623623 dijo...

no pudo soportar la mirada vacía y fría del verdugo que treinta días después les segaría la vida por igual...

¡suerte...!